el buen Fajardo, que viera
su primera luz de vida
en la Villa de Ortigueira,
la muy preñada de mar,
la muy vizosa de tierra.
marcha a Murcia la lejana,
Don Manuel allí le espera.
No lleva muchas mesnadas,
no lleva muchas banderas,
que de bravos orteganos
le bastan media docena.
Las jornadas son muy duras
-días largos, noches negras-.
Mientras descansaban los suyos,
él se desvía una legua
para buscar alimentos
y una fuente de agua fresca.
En la fuente hay cinco moros
con sus alfanjes alerta;
pero él mata a los cinco
en durísima pelea.
Y reanudan su marcha
-riscos, llanos y veredas-.
Exhaustos llegan a Murcia,
donde aguarda la gran prueba:
muchos moros, muchos, muchos
ocupan las ricas huertas.
Un gigante los comanda
que les ultraja y saquea.
Otra vez está Goliat
y las turbas filisteas.
El infante don Manuel
al buen Fajardo encomienda
que con su espada valiente
acabe con tantas penas.
A un duelo singular
reta al cíclope, que acepta.
Encomendándose a Dios
-¡Santiago y España cierra!-
y batiendo los ijares
de su esforzado babieca
acometiendo al coloso
con lanza le lancea.
Helo, helo por do viene,
triunfante de su gesta,
el caballero que llaman
Buen Fajardo de Ortigueira.
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