“-Andaré algo más, me daré prisa.
Lograré que me vea el Hombre Santo.
Si tocara la orla de su manto...-
se afanaba la pobre hemorroísa.
En su cuerpo sintió como una brisa
que sanaba su mal y su quebranto.
Su rostro se inundó de dulce llanto;
al rostro de Jesús, de una sonrisa.
-¿Quién me toca?- pregunta el buen Señor
a los muchos que están alrededor-,
que ha salido de mí gran energía.”
Somos muchos, Señor, y te tocamos.
Somos muchos, Señor, y comulgamos...
¡y seguimos enfermos día a día!
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